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Albergue del Monasterio de Samos

Albergue de Peregrinos

Albergue de Peregrinos

Un monasterio no puede encerrarse en sí mismo. Es cierto que está la oración en la que el monje se siente comprometido, pero también hay otras necesidades en el mundo de hoy, en la Iglesia, especialmente los lugares de acogida, de silencio, de diálogo espiritual.


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Hospedería

Albergue del Monasterio de SamosUn monasterio no puede encerrarse en sí mismo. Es cierto que está la oración en la que el monje se siente comprometido, pero también hay otras necesidades en el mundo de hoy, en la Iglesia, especialmente los lugares de acogida, de silencio, de diálogo espiritual. San Benito nos lo manda, y nos dice que a los huéspedes que llegan al monasterio hay que recibirlos como a Cristo, ya que Él dijo: “Fui huésped y me hospedasteis”. Y nos enseña que hay que poner el mayor esmero en el recibimiento de pobres y peregrinos porque en ellos se recibe a Cristo más particularmente. La Hospedería es un lugar de acogida para las personas que desean pasar un tiempo en el monasterio. La acogida, tal como San Benito invita a los monjes a practicarla, está marcada, como todas sus cosas, por la impronta del Evangelio, es decir, por el amor de Cristo, que se traduce en amor al hermano.

El huésped puede ser un pobre, un “peregrino”, peregrino en ruta hacia un lugar santo o peregrino sin domicilio fijo. Los monasterios están llamados a abrirse, siempre que puedan a todas las miserias que les rodean o a quienes lo solicitan. Sería contrario al Evangelio y a su tradición vivir replegados sobre si mismos, en la seguridad relativa de la comunidad.

Albergue del Monasterio de SamosEl huésped es también el que viene en busca de un tiempo de silencio, de oración, de un tiempo para encontrarse consigo mismo y con el Señor.

Más que nunca los monasterios asumen hoy este servicio de Iglesia, presentándole su aportación material y espiritual, consagrándole, a menudo, gran parte de sus fuerzas.

Pero el realismo no pierde nunca sus derechos en san Benito. Si el huésped debe ser recibido como a Cristo, se entiende también que éste no “entorpecerá la vida del monje”. Si la acogida implica siempre una molestia, no debe ser jamás causa de perturbación. San Benito advierte que los “artificios del Demonio” pueden deslizarse en la relación de acogida. La oración, la vigilancia y el discernimiento serán el medio de luchar contra ellos. También hay que ejercer la caridad con valor e inteligencia.

Quizás para estar en condiciones es como se puede sacar provecho de la acogida, perder de vista sus objetivos, sus valores: la búsqueda de Dios en el silencio y “el apartamiento del mundo”, la humildad, el desapego de las cosas. Se da lo que se es.



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Ya desde la antigüedad más remota existía una ruta que, utilizando un corredor natural  que articulaba el occidente de la Península Ibérica, permitía comerciar al pueblo tartesio con el norte de la meseta en el siglo VII a. de C. Fue esta ruta la que utilizaron las tropas romanas para avanzar hacia el norte.

En época del emperador Augusto y sobre todo  durante los reinados de los emperadores Trajano y Adriano, ya se configura como una calzada romana que en sus inicios unía Emerita Augusta (Mérida) con Asturica Augusta (Astorga), y que continuaba por la  “XXIII, Iter ab Hostio Emeritam Uxue Fluminis Anae” hasta Sevilla por el sur, y hasta Gijón por el norte a través de La Vía Carisa, calzada romana impulsada por el general Publio Carisio, cuyo objeto era unir los asentamientos militares de tierras leonesas con el mar Cantábrico. La primitiva calzada, y sus prolongaciones naturales crearon una gran ruta de comunicación que unía la cornisa cantábrica con las tierras del Sur de Hispania.

La Vía de la Plata pasa por cuatro comunidades autónomas y seis provincias: Andalucía (Sevilla), Extremadura (Badajoz, Cáceres), Castilla y León (Salamanca, Zamora) y Galicia (Orense, Pontevedra, La Coruña). En la variante por Astorga el camino pasa de la provincia de Zamora a la de León.

 
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